La suavidad del valle de la Pineta, que en
se cubre con un manto de flores, contrasta con las abruptas
que coronan el paisaje. Allí reina solemne el Monte Perdido, que esconde importantes glaciares, al igual que el macizo de la Munia, con el glaciar de Robiñera. El deshielo primaveral hace que cientos de cordeles de agua se deslicen por las laderas, entonces la
del Parador de Bielsa y parte de sus 78
, renovadas en 2002, se convierten en un
privilegiado para disfrutar de estas pequeñas cascadas espontáneas, así como de la soledad de las cumbres, el tenue misterio de los
y la ondulación de las praderas del Alarri, donde brotan varios
(no en vano, el río Cinca nace a menos de cien metros del Parador). Un marco difícil de igualar por cualquier otro
pirenaico. A todo esto se suma el acervo románico de la zona, que tiene en Bielsa, Ainsa o Boltaña algunos de los mejores ejemplos e invita a numerosas
que culminan en el más selecto de los
.
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